• Hace 49 años, el 8 de julio de 1971, la zona centro norte del país vivió un terremoto que cobró la vida de 85 personas y dejó un centenar de heridos.
  • Este desastre, sin embargo, hoy nos entrega varias lecciones de cómo en la emergencia y desde el Estado, se generan respuestas con nuevos instrumentos y hasta nuevos organismos para una mejor gestión pública en el futuro.
  • El terremoto del ’71 también nos demuestra cómo las organizaciones sociales, las y los ciudadanos también construyen nuevos espacios comunitarios y solidarios que van en apoyo de los que más lo necesitan y aportan al ejercicio de una ciudadanía activa y colaborativa.
  • Son lecciones que abundan en nuestra historia. Son dignas de conocer y de aprender en el actual contexto.

Un gran estupor debieron sentir quienes estaban en la región central la noche del jueves 8 de julio de 1971. Un terremoto M7.8, con epicentro en La Ligua, sacudió la tierra.

Se trataba de una tragedia sobre otras: la zona golpeada aún vivía los efectos de la gran sequía de 1967 a 1969. A ello se sumaba el desastre generado por el otro devastador terremoto de La Ligua, del 28 de marzo de 1965, que había provocado gran impacto por las centenares de familias de mineros desaparecidas bajo desperdicios mineros provenientes de la mina El Soldado, debido al colapso de 2 tranques de relaves durante el terremoto. 

El profesor Jaime Campos, sismólogo, director del Programa Riesgo Sísmico de la Universidad de Chile señala que “Con el terremoto del 8 de julio de 1971, la zona centro norte del país quedó, en primer momento, desolada con tanto castigo. Las localidades más afectadas fueron La Ligua, Illapel, Los Vilos, Salamanca y Combarbalá.  Informes oficiales de la época hablan de 85 muertos y centenares de heridos.  El terremoto fue sentido a una distancia de 600 km.”

“Reportes históricos desde la colonia señalan que la zona central de Chile ha sido escenario de terremotos y tsunamis importantes. Uno de estos eventos, el más destacado por su tamaño e impacto, ocurrió también un 8 de julio, pero en 1730.  Fue acompañado de un tsunami que incluso afectó las costas al otro lado del océano Pacífico, especialmente de Japón”.

“A cada presidente, su terremoto”

Así como al Presidente Eduardo Frei Montalva le tocó el de 1965, a raíz del cual se creó la ONEMI, el terremoto de 1971 fue el que le correspondió al Presidente Salvador Allende. 

Poco después de ese 8 de julio y en muy poco tiempo, usando las tecnologías del telégrafo, radio aficionados y teléfono de la época, sin internet y la constelación de satélites de comunicación de hoy, el entonces Director de la de Planificación Nacional, ODEPLAN, (Actual Ministerio de Desarrollo Social y Familia), Gonzalo Martner García, realizó un completo análisis de lo ocurrido.

El Presidente de la República le había ordenado la confección de un Plan de Desarrollo para las zonas afectadas, considerando no sólo la reconstrucción y reactivación económico-social de las áreas afectas, sino aquellas que aún se encontraban sufriendo los efectos del sismo de 1965.

El abogado Julián Cortés, investigador del Programa Riesgo Sísmico de la Universidad de Chile, afirma que “este cometido tuvo una mirada estratégica de Estado ya que culminó con el “Plan de Reconstrucción 1971-1973 de las Provincias de Coquimbo, Aconcagua, Santiago, Valparaíso y O´Higgins, afectadas por el sismo del 8 de Julio de 1971”. El documento aborda no sólo la reconstrucción de viviendas y de infraestructura del Estado propiamente tal, sino además, elabora toda una “carta Gantt” para un desarrollo integral de las más diversas áreas del quehacer económico y social. Asimismo, este documento sienta las bases de la Ley N°17.564 y las modificaciones a la Ley N°16.282 —ambas aún vigentes—para casos de sismos o catástrofes”.

“Para la historia de la institucionalidad jurídica en torno a la reducción de riesgos de desastres, la Ley N°17.564 resulta particularmente interesante: extiende las premisas de solidaridad y de Estado de Bienestar, que emanaban de la Constitución de 1925, aplicándolas a los desastres socionaturales e introduce premisas de gobernanza del riesgo y desastres absolutamente innovadoras para Chile”.

“Por ejemplo: incorporó al ciudadano como parte del entonces  Sistema Nacional de Protección Civil y buscó la cooperación entre las entidades y redes académicas, científicas y de investigación y el sector privado, al disponer el financiamiento anual por parte del Estado para el “Departamento de Geofísica, Sismología y Geodesia de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile a fin de que opere los instrumentos de alta precisión, tales como acelerógrafos y sismógrafos instalados o que se instalen en el país, con el objeto de profundizar la investigación antisísmica”

Esta visión de Estado fue abruptamente truncada con el golpe de Estado y fue retomada después del “27F” y la incorporación paulatina de las premisas de los Marcos de Hyogo y Sendai.

Viviendas que cayeron y que se levantaron

En 1965, se había creado el Ministerio de Vivienda y Urbanismo, MINVU y en 1967, la Oficina de Planificación, ODEPLAN. Estos dos hitos, junto al rol de CORFO, fueron parte de la base institucional con que Chile respondió al impacto del terremoto de 1971.

Este mejoramiento de las políticas habitacionales y de planificación, encontró mejor preparado al Estado en el terremoto de 1971. A ello, se sumaron los postulados del gobierno de Allende que planteaba la vivienda como un derecho.

ODEPLAN coordinó todo el proceso de reconstrucción del terremoto con un plan ad hoc. Incluyó planes de desarrollo de sectores productivos, industriales, mineros y agropecuarios. Así también coordinó planes específicos con los ministerios, como el MINVU.

El profesor Ricardo Tapia, de Arquitectura de la Universidad de Chile, explica que “el MINVU creó y gestionó un plan de viviendas racionalizadas a media altura, las cuales se empezaron a edificar en todo el país como parte de la política pública. La reconstrucción también se atendió con créditos financieros y materiales de construcción, compra de suelos y viviendas, así como su construcción. La reconstrucción de ciudades afectadas se emprendió con la adecuación de planes reguladores para ubicar las nuevas viviendas y equipamientos asociados”.

“La etapa de emergencia se asumió con la construcción de mediaguas prefabricadas,  llamados “Campamentos en tránsito” como una opción alternativa a los pabellones de emergencia que habían sido utilizados en terremotos anteriores. Se destaca la intensa participación del comprometido voluntariado juvenil en el levantamiento de tales soluciones el cual se vio reforzado por la creación  de los Comités de Emergencias los cuales estaban constituidos por un conjunto de organizaciones comunales de las comunas afectadas”.

“Así, concluye el profesor Tapia, dentro de los aprendizajes del terremoto de 1971, se destaca la importancia del “aunamiento” o colaboración en la planificación en lo territorial y también en lo económico y social, con la coordinación de organismos públicos bajo planes integrales en donde se sumaron aportes públicos, privados y comunitarios articulados. De tal modo, la crisis fue transformada en oportunidad para avanzar en desarrollo nacional y dejar en mejor pie a la capacidad del Estado y su gobernanza”.

Solidaridad, dignidad y pueblo

Estas medidas fueron acompañadas por un país entero que se movilizó haciendo emerger solidaridad por todos los rincones del territorio. Los pueblos más dañados fueron “hermanados” con ciudades de mayores recursos para acelerar su reconstrucción. Un “tren de la Solidaridad” partió de Puerto Montt hacia el Norte, recogiendo los aportes en cada estación.

Solidaridad, dignidad y pueblo fueron  tres palabras claves en lo que vino después del terremoto de 1971. La profesora Azun Candina, del Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Chile, plantea las diferencias con el actual discurso: “No se habla de una difusa y neutra gente, sino de pueblo; no hay palabrería bélica, de supuestas batallas contra una naturaleza enemiga, sino el llamado a la dignidad y a la solidaridad, al coraje para salir adelante. Se enlaza ese día que en Chile se puso los pantalones largos, es decir, en que el país se hizo dueño de su principal riqueza minera (la nacionalización del cobre se celebró con el día de la Dignidad Nacional, 11 de julio de 1971), con la fortaleza de una comunidad para superar las dificultades; se asume que los problemas de unos también son los problemas de otros, y por lo tanto también lo son las soluciones”.

En el actual contexto de pandemia que vive el país y el mundo entero, la profesora Candina señala que es importante recordar que “hay otras maneras de vivir y convivir. No serán las amenazas ni las retóricas bélicas las que nos ayudarán a sobrevivir, ni a estas difíciles circunstancias ni a las que estarán por venir. En esta época de miedo y sufrimiento, recordemos lo mejor de nosotras y nosotros mismos: nuestra capacidad de unirnos, de soñar y de confiar, y los peligros de no hacerlo”.

Ya lo dijo Darwin

Charles Darwin, en su paso por nuestro país, describió con pertinencia el carácter del pueblo chileno en su relato sobre el terremoto de Concepción de 1835: “Confieso que vi, con gran satisfacción, que todos los habitantes parecían más activos y más felices de lo que hubiera podido esperarse después de tan terrible catástrofe. Se ha hecho observar, con cierto grado de verdad, que siendo general la destrucción, nadie se sentía más humillado que su vecino, nadie podía acusar a sus amigos de frialdad, dos causas que añaden siempre un vivo dolor a la pérdida de la riqueza”.

Profesores e Investigadores Universidad de Chile comprometidos para esta iniciativa:

Profesor Ricardo Tapia
Arquitecto, especialista en vivienda social, FAU, Universidad de Chile. Sus áreas son Vivienda en contextos de vulnerabilidades socionaturales, Vivienda y cultura.

Profesora Azun Candina
Departamento de Ciencias Históricas es de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile.  Su trabajo se ha centrado en temas como la memoria, el autoritarismo y la reforma democrática del Estado.

Julián Cortés Oggero
Abogado, investigador del Programa Riesgo Sísmico. Se ha especializado en temas de la gestión y la institucionalidad del riesgo de desastres.

Profesor Jaime Campos Muñoz
Departamento de Geofísica, FCFM, Universidad de Chile, Director del Programa Riesgo Sísmico.